PADRE FEDERICO GROTE

El Padre Federico Grote, era un sacerdote redentorista, de nacionalidad alemana, nacido en Münster (Westfalia, Alemania), el 16 de julio de 1853.
Fue un hombre común, lúcido y batallador que supo entender la realidad de su tiempo y darle respuesta guiado por sus dos confesados amores: Cristo y las almas. De esa forma llegó a ser clave en el movimiento social católico argentino, llevando a cabo una de las obras más importantes desarrollada en nuestro país.
Los Círculos de Obreros, los Círculos de Estudios Universitarios, el Patronato de Aprendices y la Liga Democrática Cristiana ubicados a fines del siglo XIX y principios del siglo XX fueron sus trabajos sociales, junto a otros de índole religiosa y moral.
En 1884 llegó a Buenos Aires. Los
primeros años los pasó entra la oración, el estudio y la predicación. Parte de
esa tarea la realizó en sus visitas al Hotel de Inmigrantes donde tomó contacto
directo con quienes venían de Europa con hambre pero lleno de sueños, con
disposición para el trabajo y, en muchos casos, con ideología anarquista o
socialista atea.
Su única ambición en ese momento eran las misiones populares. A medida que misionaba iba conociendo con mayor claridad los problemas religiosos y temporales del entorno. Veía en el campo el contraste entre la riqueza del suelo y la pobreza de la mayoría de los escasos pobladores junto a la pésima distribución de la tierra; la primacía despiadada de la ley de oferta y demanda en las actividades económicas de la ciudad; el despotismo de los poderosos sobre las clases humildes; el fatalismo ancestral de los criollos; la laboriosidad y ansia de progreso de algunos inmigrantes frente a la irreligiosidad, resentimiento y radicalización de otros.
En resumen, al entrar en contacto con estas
realidades, era cada vez más consciente de cómo se plasmaba aquí aquella
cuestión social que había vivido y estudiado en Europa, por la cual los dueños
del capital explotaban y sometían a los trabajadores. La masa humilde sufría.
No estaba organizada y se conformaba con expresar, a veces, su descontento.
Ante la reacción que empezaba a alentarse
desde los sectores anarquistas y socialistas, entendió que tenía que
anticiparse. Debía contrarrestar esa actuación. La acción social a favor del
obrero, es decir, el esfuerzo por promover su bienestar temporal y moral era el
medio adecuado.
En 1891 se publicó la Encíclica
Rerum Novarum, la respuesta inédita de la Iglesia a la cuestión social. Por
primera vez, a través del Papa León XIII, se expresaba el pensamiento elaborado
por siglos, señalando la primacía del hombre sobre las cosas y por lo mismo,
del trabajo frente al capital.
Ante este anuncio, Federico Grote entendió lo
que debía hacer y ya nada fue capaz de detenerlo. Lo que debía hacer era, según
él, algo sencillo: poner en marcha un Círculo de Obreros, como los de Europa
pero adaptado al ambiente en el que estaba. Debía tener una gran amplitud en la
admisión de socios. Debía ser una institución de puertas abiertas, no sólo en
cuanto a recibir a todos sin distinción de religión sino también, sin
distinción de clases sociales.
Por eso se negó siempre a que los Círculos de
Obreros fueran llamados Círculos Católicos de Obreros como sucedió después. La
razón que invocaba era que el catolicismo se iría demostrando a los
trabajadores y a la sociedad toda a partir de su accionar. Si se denominaban
católicos se crearía un obstáculo para que se acercaran quienes no profesaban
esta religión y se perdería la oportunidad de ayudarlos y de proponerles las
verdades del Evangelio.
En cuanto a las clases sociales, el fundador
sostenía que debían ingresar a la institución los obreros -directos
destinatarios de su labor- pero también debían integrarla profesionales y
personas de otra condición socio-económica para ayudar en la tarea de
promoción concretando la idea social-cristiana de colaboración entre las clases
sociales.
Lo importante era cobijar a todos los
trabajadores para lograr su promoción, amparo y protección frente a la
explotación capitalista y frente a los embates de las diversas ideologías.
Con estas premisas fundó el primero de los que
serían más de 120 Círculos de Obreros en todo el país. Lo hizo en Buenos Aires el 2 de febrero de 1892 y en Rosario el 12
de Julio de 1895. La intención primordial de los Círculos se plasmó
en sus estatutos estableciendo que su objeto era la promoción
material y espiritual del trabajador conforme los principios de la Doctrina
Social de la Iglesia.
Los medios, que pensó el Padre Grote para alcanzar
tan basto fin, fueron todos los que caben a la acción social que podía
desplegar una institución privada con estructura jurídica propia, no
dependiente de la jerarquía eclesiástica, aunque su inspiración fuese el
Magisterio Social de la Iglesia. Los Círculos recurrieron entonces a los
subsidios ante diferentes contingencias e infortunios personales, las agencias
de colocaciones, las cajas de ahorro, la asistencia médica, la ayuda mutua, la
administración de farmacias, la creación de bibliotecas, escuelas,
conferencias, periódicos, la recreación honesta, el teatro, el deporte, la
presentación de proyectos de leyes de protección de los trabajadores, la
concreción de proyectos de vivienda, el acompañamiento en la fundación y
organización de sindicatos profesionales, entre otros.
A lo largo de su historia -que llega a la
actualidad- los Círculos desplegaron una trayectoria que los llevó en su
momento de esplendor a ser una asociación verdaderamente masiva, con criterios
de disciplina y militancia, espíritu de asociación y sentido de solidaridad.
Es de destacar como la educación sistemática y
formal tuvo, en el pensamiento de Grote y en el desarrollo de los Círculos, un
lugar fundamental. Los Círculos crearon escuelas para los asociados y sus
hijos, primarias, profesionales y de arte y oficios como respuesta pertinente a
la necesidad de formación personal y laboral del momento, indispensable para la
promoción humana.